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April 10, 2001
La Maga
teatro
Javier Sinay
Buenos Aires
Inocente y macabra
"Kleines Helnwein"
Kleines Helnwein, la premiada obra de Rodrigo Malmsten que encuentra a la actriz Belén Blanco en una performance superlativa, vuelve fugazmente al Callejón de los Deseos. El teatro off recobra, así, una obra tenebrosa y genial. Opinión: Excelente.
Kleines Helnwein está de vuelta. Retorna, por cuatro únicas funciones que se realizarán los domingos de abril, luego de su anterior temporada, que dejó una mención de honor en el concurso de obras teatrales Atahualpa del Cioppo 1999; tres nominaciones para el Premio “Trinidad Guevara” (del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires) en los rubros revelación masculina (Rodrigo Malmsten, autor y director), actriz protagónica (Belén Blanco) y mejor música original y tratamiento sonoro en vivo (Marcelo Vignolo y Mariano Durand); otras tres para los premios ACE en las ternas de mejor obra, revelación masculina como autor y director y mejor actriz (donde Belén Blanco se alzó con el premio); y una invitación a participar en el Festival Internacional de Teatro GREC, que se realizará en Barcelona este año. La obra, que cosechó el año pasado muy buenas críticas, se encuentra en esta ocasión en el mismo nivel de excelencia teatral.
Desde Belén Blanco inocente y a la vez macabra, desde el muñeco con el que juega ella –transformada en Kleines- juguete aunque mutilado y aún desde el propio texto (en el que hay frases como “Me gusta el helado y mi sangre se mezcla con la leche de la merienda”), Kleines Helnwein es una obra de contrastes. Se ve en el juego entre Blanco y Kleines, donde la actriz se somete a un ir y venir, propio del personaje, que es el de la víctima y el victimario. Este juego tiene como espacio la escenografía de Alicia Leloutre, dueña y codirectora de El Callejón de los Deseos (la sala elegida para la obra), que se compone de tres paredes que encierran a Kleines para que desnude ante el público su oscuro mundo a veces agresivo, a veces sumiso. Hay, además, una anticuada camilla –puro hierro y frialdad-, una mesita de donde Kleines saca sus sombríos juguetes –tijeras y utensilios quirúrgicos- y, por último, un balde en el que lava a su compañero de trastornos, un muñeco gordo y rozagante, pero vendado y con clavos en la cabeza. Todo lo cual causa cierta incomodidad y hasta claustrofobia cuando Kleines empieza a hablar. Porque en su discurso se entremezcla la irracionalidad de los niños con la irracionalidad de los verdugos.
“Kleines” significa neutro en alemán. Kleines personaje es una niña-mujer (o un niño-hombre) que está encerrada en lo que puede ser un hospital, un calabozo, una habitación. Su padre, encarnado por Martín Von Tümpling, aparece esporádicamente como una silueta que se mueve, difusa, detrás de una de las paredes de la escenografía y ladra en alemán. El significado vacío de la lengua extranjera y las asociaciones con el pasado totalitario de Alemania hacen del padre una figura autoritaria y absoluta, ante la que Kleines tiembla como una hoja en otoño y eventualmente se desprende.
Sobre otra de las paredes, Malmsten eligió proyectar las imágenes del artista plástico contemporáneo Gottfried Helnwein, que lo inspiraron a la hora de escribir la pieza. Nacido en Viena en 1948, Gottfried Helnwein colaboró con doce trabajos de inquietante estética, en los que aparecen niños cuyos rostros ostentan detalles o mutilaciones que causan un verdadero impacto al público. Más aún si estas imágenes aparecen acentuando los tremendos pasajes que logra Blanco, y entran en combinación, también, con el trabajo de los músicos Durand y Vignolo. Atacado desde todos los flancos, el espectador sucumbe ante Kleines Helnwein y desciende con ella a los abismos de su monstruosidad y su tristeza.
Kleines Helnwein
cuenta tanto con el apoyo de la AMIA como con el de la Fundación S.O.S. Infantil. Es un alegato contra el arrasamiento de la infancia a la vez que contra el nazismo, en tanto se adivina un medio externo que no es otro que el de la Alemania nazi. Y no lo es tanto porque aquel contexto histórico intervenga abiertamente en la historia, sino para ubicarla en un ámbito totalitario, asfixiante, que sacrifica a la infeliz Kleines y la gana para sí. Hoy víctima, mañana victimaria. Pero la Alemania nazi podría haber sido la Argentina del Proceso o la Austria de Haider.
Malmsten se pregunta si su tenebroso personaje es una suerte de vivisección del imaginario infantil, la otra cara de Heidi o de la Novicia Rebelde; se pregunta si es fragmentación de la oscuridad; se pregunta si es pseudo-mädchen (pseudo-sirvienta). No encontrará tan fácil las respuestas. Lo cierto es que Kleines Helnwein es crueldad, es dominio, es abuso. Y es, a la vez, el infinito anhelo de la niña-mujer de salir a jugar y recobrarse, de que alguien del público le alcance, promediando el fin de la obra, un caramelo o algo dulce, metáfora de un poco de afecto. “Y si es pequeño no importa”, dice. Es, por último, el confuso mundo íntimo de un ángel/engendro que dice: “No puedo reírme porque no me dejan”.
Javier Sinay
LA MAGA.com.ar




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